Olvido, es una palabra grave, dice la gramática y también la vida misma. Olvido. Una palabra que, si mi opinión les viene adecuada, tiene una estructura hermosa. Olvido, una palabra que debería ser, aparte de protagonista en tantas historias a través de los años, el reflejo de lo bello y de lo que no lo es tanto. Del miedo y del placer. Olvido. Una palabra tan gastada por el uso diario y el abuso. Olvido, una palabra que se escribe para
contradecir su razón de ser. Su motivo de vivir. Hay palabras que con frecuencia olvido, pero esta, no es una de ellas. Si he de ser franca, el olvido, no es una opción. El olvido es capaz de apagar las risas, de mermar los restos del alma juvenil que vaga entre recuerdos a distancia y puede, incluso, disolver las ilusiones de años venideros. Y el olvido es grave siempre que te haga dejar de sonreír. Por eso yo no te olvido. Puede que te haya guardado durante años, en cajas que acumularon motas de polvo, en el desván de mi vida. Puede incluso que haya manchado tu rostro con el café recién hecho y doblado la esquina de la página que escribimos alguna tarde, a orillas de un río. Pero no olvido. Y no es que la palabra, sea grave según la gramática del español, ni según la vida misma. No te olvido porque sea difícil y el terapeuta, decidiera subir su tarifa de honorarios, sin previo aviso. El olvido, ya lo he dicho, no es una opción. Es que aún me arrebatas sonrisas, a pesar de la frialdad de tus respuestas comprometidas, mayormente, a causa mía. Porque esa amabilidad de no dejarme con la palabra en los dedos, la valoro por ser una fracción de tu vida. Y no quiero el olvido. No me hace falta. Que olviden aquellos a los que el pasado no les sirve.
Pese a que vivir de recuerdos es, de cierto modo, insano, mi presente lo disfruto como la niña que sale de su casa la mañana de navidad a jugar con todos sus regalos. Y sin embargo, cuando cae la noche y los insomnios organizan su aclamada fiesta de té, me enfrento al olvido. Ese olvido que en cierta temporada se va de vacaciones para escalar el Everest. Ese olvido que me hace compañía en algún lugar inexplorado de tu cabeza, donde me gusta pensar que, a veces, habito. Y se está agusto. Perdóname si no te olvido y aún me quede el descaro de decirlo. La verdad es que la letras son lo único que tengo en abundancia y por si las moscas, lo escribo antes de que se me olvide.
Que el corazón suba a mi mente, para que mis ojos se vuelvan sensibles, y le digan a mis labios que solo pronuncien palabras de sabiduría. (Mujer árbol)
lunes, 14 de septiembre de 2015
Bitácora de sueño.
Otra vez no puedo
dormir. Tengo la razón clavada entre los ojos, aunque yo diga que no. Si te
escribo es porque mis madrugadas están ausentes de ti. También mi vida y mis
caídas. Todo es ausencia, si lo vemos desde mi perspectiva.
No quiero que se agoten
mis RESERVAS
Eres mi amante insomne
porque aunque quisiera, no puedo llamarte de otra manera. Vienes y haces de mis
noches un tormento. Te acercas un poco y siempre voy a querer más de ti. Te
alejas y entonces mis noches son insoportables. Como esta, como las siguientes
y las anteriores.
Por tu culpa he corrido un
derby desde mi cama y también llegado a la Luna. Porque desde entonces, mis
noches me cuentan historias y te inventan en distintas formas. Porque te vuelves
el torrente de cafeína, que me recorre el cuerpo durante el día. Entre sueños,
me encuentro discutiendo con Neruda porque no puede ser que solo esta noche te
pueda escribir versos, si todas mis noches las quiero contigo, porque al menos
en las letras hago de ti lo impensable. Y es que ahorita solo busco pretextos,
estúpidos, si así lo quieres ver. Pero tengo la habilidad de convertir
pretextos en razones.
Otra vez no puedo dormir y
la razón, no el pretexto, la tengo clavada entre los ojos. Me estoy cansando
del vacío que tiene mi cama.
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